Redacción
25/06/2010
Uno de los primeros consejos que los conocedores de la cultura china dan al viajero inexperto consiste en intentar convencerle de que la gestualidad local es diferente a la occidental, o esta de la del mundo chino.
Cuando Pekín anuncia que flexibiliza el cambio de su divisa, Occidente ve una sonrisa amable del gigante emergente que finalmente se decide a hacer el gesto que se le reclamaba a favor de una relación comercial más justa, estable y fluida con las economías ricas, especialmente Estados Unidos.
En la gestualidad china tradicional, la sonrisa indica nerviosismo. Y, efectivamente, la decisión de permitir la apreciación del yuan tiene que ver con algunos factores de orden interno en la que esta a punto de convertirse en segunda economía mundial.
Pekín dice, y el mundo asume, que la revalorización de su divisa va a ser paulatina y no traumática. Pero en cualquier caso, al tiempo que tranquiliza a Estados Unidos y al resto de economías puede contribuir a limitar la inflación, que ya ha superado ligeramente el objetivo del gobierno, situado en el 3%.
Un yuan lentamente al alza respecto al dólar y el euro hará que pierdan competitividad las exportaciones chinas y obtengan una entrada ligeramente más fácil en el mercado chino las importaciones.
Esta ecuación lleva a dónde Pekín quiere ir, es decir, a dejar de ser una economía fundamentada básicamente en la exportación y evolucionar hacia un mercado mas de consumo.
La potencia del motor de este mercado deriva de la gran masa crítica en un país de 1.400 millones de habitantes con un sustancial nivel de ahorro.
Por qué el gobierno chino accede a perder competitividad en sus exportaciones a riesgo de acrecentar el riesgo de aumento del paro y, en consecuencia, de una mayor conflictividad social, extremo nada fácil de capear en un país sin válvulas de escape democráticas.
En buena medida porque sabe que tiene margen para compensar ese riesgo con el desarrollo de una industria de mayor nivel tecnológico.
Y por otra razón clave. Pekín sabe perfectamente que su principal atractivo de las dos últimas décadas, su mano de obra barata, no es sostenible. La sociedad china se ha enriquecido y los trabajadores de la fábrica global reclaman mejores sueldos. Por ello, y no tanto por la leve y paulatina apreciación del yuan, las exportaciones van a perder competitividad.
La opción del mercado interior es clara, sobre todo cuando la demanda exterior no esta garantizada; la crisis internacional así lo ha demostrado.
En el papel de China como locomotora mundial, un yuan algo más fuerte no es nada perjudicial, en la práctica, para la República Popular.
Al contrario, probablemente ayude a contrarrestar el nerviosismo creciente ante la inflación, el sobrecalentamiento y las burbujas especulativas, especialmente la inmobiliaria, verdadero riesgo de desestabilización en la nueva China, la gran potencia emergente.